Ilustración editorial para ¿Dónde quedó el dinero de la Venezuela saudita?

La pregunta contiene una intuición y una trampa

«¿Dónde quedó el dinero?» es una pregunta legítima. Venezuela recibió ingresos extraordinarios cuando subieron los precios del petróleo, y la vida cotidiana no conservó la promesa de aquella bonanza. Pero la frase también puede sugerir que existió una caja única cuyo contenido alguien se llevó. La historia fiscal es más compleja: los ingresos entraron en distintos años, por diferentes canales, y se repartieron entre gasto corriente, inversión, transferencias, importaciones, ahorro y servicio de deuda.

Para responder con rigor hay que especificar qué dinero se cuenta. Puede hablarse de ingresos petroleros del gobierno, de exportaciones de crudo, de renta económica del petróleo o de activos de PDVSA. No son cifras intercambiables. Tampoco se deben comparar dólares nominales de décadas distintas sin ajustar por inflación ni confundir ingresos brutos de exportación con dinero disponible en el presupuesto.

La expresión «Venezuela saudita» describe la sensación de abundancia que acompañó el auge de los años setenta; no significa que Venezuela recibiera ingresos ilimitados o que cada ciudadano tuviera una cuenta individual en la renta nacional. El petróleo era una fuente enorme de divisas y recursos fiscales, pero la población, las instituciones y la economía dependían de decisiones sobre cómo extraer, distribuir e invertir esa renta.

El auge y la expansión del Estado

El aumento internacional del precio del petróleo en 1973 multiplicó los recursos disponibles. El gobierno de Carlos Andrés Pérez lanzó un ambicioso programa de inversión industrial, infraestructura y servicios. La nacionalización petrolera entró en vigor en 1976 y PDVSA comenzó a operar la industria como empresa estatal. Nacionalizar el recurso significó controlar públicamente la actividad; no garantizó, por sí solo, que cada bolívar de renta se transformara en capital productivo.

Un estudio del Fondo Monetario Internacional sobre sostenibilidad fiscal estima que el primer auge petrolero de 1973 representó una ganancia inesperada equivalente a cerca de 20% del PIB. También documenta que las transferencias aumentaron desde 22% de los ingresos por petróleo e inversión hasta 48% en 1979. El mismo estudio concluye que los dos shocks petroleros de los setenta alejaron a Venezuela de una posición fiscal sostenible pese a los grandes superávits temporales. Las cifras dependen de las categorías que utiliza el estudio; no equivalen al total de gasto público ni a una auditoría de cada programa.

Qué permiten afirmar las series disponibles

Las cifras históricas no responden cuánto recibió cada gobierno en una sola medida. Sí ayudan a mostrar la escala del auge, cómo crecieron las obligaciones y por qué hay que distinguir ingresos, transferencias y deuda:

IndicadorDato publicadoQué mide y qué no mide
Ingresos del gobierno central en 1974Más de 30% del PIB, frente a cerca de 16% en los años sesentaSerie histórica de ingresos del gobierno central; no es el total de exportaciones petroleras ni el ingreso por habitante.
Ganancia extraordinaria estimada tras el auge de 1973Cerca de 20% del PIBEstimación de un estudio del FMI sobre sostenibilidad fiscal; depende de su contrafactual y sus categorías.
Transferencias respecto de ingresos petroleros y de inversión22% al inicio del auge; 48% en 1979Proporción calculada por el estudio del FMI; no significa que 48% de todo el presupuesto fuera transferencias.
Deuda pública respecto del ingresoMenos de 10% hasta mediados de los setenta; cerca de 100% a mediados de los ochentaSerie académica con una definición que excluye PDVSA, BCV y otras empresas públicas financieras, valora la deuda externa al tipo oficial y advierte que el tipo de cambio de mercado produciría ratios distintos.

Las medidas no son intercambiables y cubren períodos distintos. En conjunto respaldan una conclusión acotada: el auge elevó mucho los ingresos y el gasto; las transferencias crecieron; y la deuda pública aumentó fuertemente hasta mediados de los ochenta. No permiten repartir cada dólar entre obras, consumo, corrupción y fuga de capitales. Para eso hacen falta cuentas presupuestarias y evidencia de cada operación.

Los estudios fiscales e históricos citados describen que parte de la renta financió carreteras, sistemas eléctricos, industrias, educación y servicios. Otra parte sostuvo subsidios, salarios públicos, transferencias y empresas estatales. El gasto elevó la demanda interna con rapidez. Cuando la producción nacional no podía responder al mismo ritmo, una porción de esa demanda se convirtió en más importaciones. Aumentar importaciones no es necesariamente desperdicio: puede aportar maquinaria, alimentos y tecnología. Pero si las compras reemplazan capacidad local sin construir productividad duradera, la economía queda más dependiente de divisas futuras.

La expansión no fue solamente una suma de obras aisladas. Fue una estrategia de desarrollo impulsada desde el Estado, bajo la expectativa de que el ingreso petrolero seguiría creciendo. El riesgo consistía en convertir un ingreso volátil en compromisos permanentes y proyectos cuyo rendimiento tardaría en llegar. Cuando los ingresos dejaron de crecer, resultó políticamente difícil frenar los gastos que habían creado beneficiarios y expectativas.

La deuda: gastar el futuro antes de que llegara

La idea de que los gobiernos podían financiar el desarrollo con petróleo y crédito amplió el margen de acción, pero también los riesgos. Un recuento histórico del Country Studies de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos señala que los ingresos petroleros se estabilizaron en 1976 y empezaron a bajar en 1978; para ese año, la deuda externa del sector público se había acercado a 12.000 millones de dólares, cinco veces el nivel de cuatro años antes. Esa cifra debe entenderse como una serie histórica reportada por la fuente, y compararse con definiciones consistentes de deuda pública.

El crédito permitió sostener inversión y gasto cuando el ingreso corriente ya no bastaba. Pero endeudarse contra ingresos petroleros futuros creó obligaciones que no desaparecieron cuando cambió el mercado. En febrero de 1983, el gobierno de Luis Herrera Campíns devaluó el bolívar y estableció controles cambiarios, un quiebre conocido como Viernes Negro. No fue el resultado de una sola decisión ni la causa única de la crisis posterior: reflejó desequilibrios fiscales, fuga de capitales, deuda y vulnerabilidad a los ingresos petroleros.

La investigación de política monetaria y fiscal de la Universidad de Chicago identifica aumentos importantes de la deuda externa pública en períodos de auge de precios, incluso antes de la caída de ingresos de los años ochenta. El hallazgo cuestiona una explicación cómoda: el problema no comenzó simplemente porque bajó el precio del petróleo. La caída expuso compromisos y desequilibrios que el auge no había resuelto.

La corrupción no explica todo y debe probarse caso por caso

La frase «todo se lo robaron» no es una respuesta histórica suficiente, y este artículo no atribuye un monto total de la bonanza a corrupción. Cada caso debe identificar contratos, decisiones, responsables, expedientes y montos demostrables. Cuando se mezclan malgasto, corrupción, subsidios, errores de política, inversión fallida y servicio de deuda bajo la palabra «robo», se impide conocer qué ocurrió y cómo evitar que vuelva a suceder.

También es equivocado tratar toda inversión estatal como despilfarro. La electricidad, las carreteras y la educación pueden producir beneficios públicos durante décadas; otras obras pueden quedarse sin terminar, exceder costos o no crear capacidad productiva. Hay que estudiar resultados, no inferirlos solo por el hecho de que el gobierno gastó.

Una evaluación completa debería comparar el presupuesto aprobado con el ejecutado, el costo final con el previsto, la producción obtenida con los objetivos y el efecto social con grupos comparables. Para corrupción, se necesitan pruebas judiciales o documentales. Para decisiones económicas, se requiere separar el resultado observado de la intención declarada. Ese trabajo es más lento que repetir una consigna, pero permite asignar responsabilidad con precisión.

Lo que revela la pregunta

La bonanza no se convirtió automáticamente en prosperidad duradera porque el ingreso petrolero era volátil, el gasto y las expectativas crecieron, la deuda aumentó y la estructura productiva no se diversificó al ritmo necesario. La política económica no ahorró ni invirtió todos los ingresos extraordinarios con reglas capaces de resistir la siguiente caída. La renta sostuvo consumo y programas valiosos, pero no eliminó la dependencia de una sola fuente principal de divisas.

El problema fue institucional tanto como económico. Cuando el Estado controla una gran renta, los ciudadanos dependen de que las autoridades la administren bien, publiquen información y acepten controles. Si el acceso a recursos depende de decisiones discrecionales, la competencia por controlar el gobierno se vuelve más intensa y la rendición de cuentas más débil.

La lección no es que el petróleo deba ignorarse ni que todo gasto público sea malo. Es que un ingreso agotable y volátil necesita reglas de ahorro, presupuestos transparentes, proyectos evaluables, deuda sostenible y una economía donde el empleo y la inversión no dependan de la distribución política de la renta. Esas reglas deben sobrevivir al gobernante de turno.

Entonces, ¿dónde quedó?

Quedó repartido en una combinación de consumo, importaciones, obras e inversión pública, subsidios y transferencias, expansión institucional y empresas estatales, fuga o salida de capitales, y obligaciones financieras que continuaron después del auge. La proporción exacta cambia según el período, la serie y lo que se incluya como renta o gasto. No hay una respuesta honesta de una sola línea.

Para MVGA, el balance es una advertencia institucional: una bonanza puede financiar bienes útiles y, al mismo tiempo, crear gastos y deudas que sobreviven al ingreso que los hizo posibles. La reconstrucción debe conservar la capacidad de invertir y corregir las reglas que hicieron vulnerable al país. Este ensayo ofrece una interpretación y datos acotados; no pretende ser una auditoría completa de cada dólar recibido.

Fuentes y referencias

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